Quedé en contarles de mi cita. Bueno, ahí va.
La pasé a buscar a las 9 en punto.
Euge: Te dije a las 10!
Yo: Es que a esa hora me acuesto, sino mamá me reta.
Dio un portazo y me dejo ahí, paradote ¡Cómo le gusta a las mujeres hacernos esperar! Pero ahí permanecí, al pie del cañón, impertérrito.
Euge: ya te dije que no pienso salir con vos. ¡Y cortala con eso de tirar piedras a mi ventana!
Yo: ya las dejé de tirar cuando se rompió el vidrio.
Euge: hubieras parado cuando se quebró, o cuando se rompió el la ventana de mis viejos.
Yo: no seas mala onda! Dale, la vamos a pasar bomba. Subite que te llevo.
Euge: no voy a subirme a esa patineta... además no entramos los dos.
Puede que tuviera razón, pero no creo. Es decir, si dejaba de tirar piedras cuando rompí el primer vidrio, probablemente no hubiera salido a hablar de nuevo conmigo. Ah, y con lo de la patineta tampoco, si en hora pico entra toda gente en el colectivo, una patineta para dos sobra.
Yo: es un monopatín.
Euge: no! es una patineta.
En eso sí tenía razón, según wikipedia al menos.
Así que bueno, volví a mi casa en taxi, porque descubrí que andar solo en patineta es un embole.
Como les había dicho, fue un éxito arrasador. Lo único que me falta sería mandarle un regalo, y termino de enamorarla. Y en eso estoy mientras les escribo esto.
Regalo, regalo, regalo. Tiene que ser original y buenísimo. Un caracol no. Un salamandra tampoco, pero casi... Sí! ya está! Pero les cuento mañana porque hoy estoy como, emmm, chau.
jueves, 12 de julio de 2007
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