Dentro de sus cabezas estereotípicas se deben estar imaginando esas abuelas que cocinan manjares celestiales.

Bueno, así es mi abuela, pero al revés.

No, no así. “Al revés” no, “lo contario” quise decir.
Claro, así. Desde chico fui sometido a sus ocurrencias. ¿Vieron las empanadas?
Sí, eso. Bueno, para ella son más que masa con relleno. Para ella son un mundo de posibilidades para explotar su originalidad y aprovechar comida que sobró y nadie quiere. Para el resto de la familia tampoco son simples empanadas, sino una especie de loteria, un juego azaroso donde -presentimos que- apostamos nuestra integridad física.
La cuestión es que extrañaba a mi nona. Y yo, que acabo de nacer, no puedo andar temiendo a unas simples empanadas de carne misterio, porque “el que nace cobarde muere cobarde”. Así que, armado de valor, fui a visitarla.
La guacha de Juanita no me ayudó a comer, le tiraba las empanadas para que las agarre en el aire y nada, chocaban contra la pared. Los años desde la ultima pintada y la humedad de la pared me jugaron una mala pasada y terminé comiendo algunas con pedazos de pared/pintura naranja.
Fue un día estupendo. Voy a verla la semana que viene, prometí pintarle el comedor.
Si, asi, pero con un rodillo, no con pincel. A todo esto ¿de donde salieron estas ilustraciones?
No, todo bien, quédense cuanto quieran.
Pero yo nunca dije que pensaba escribir mañan...

Como decía, mañana sin falta les escribo. Chau!
PD: ayuda!
Ay dios...


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